Entrevista a Belén Oltra, Head de Proyectos en Alfred Smart

belén oltra head proyectos alfred smart

Si preguntas en Alfred quién fue la primera en fichar, verás que muchos miran directo hacia el equipo de Proyectos. Porque allí está Belén: taza de café siempre cerca, calendario en mano y muchos planos en papel. Se unió al equipo en 2017. Presume diciendo entre risas “soy la primerísima trabajadora”. Y desde entonces no ha dejado de imaginar cómo se vive en los espacios inteligentes mucho antes de que existan. 

Madrugadora, fan del Gateway Revolution y con Japón en la lista de lugares donde perderse sin pensarlo dos veces, Belén tiene algo muy claro: la tecnología está muy bien, pero las personas primero. No es casualidad que, si no se dedicara a esto, se vea ayudando a animales, niños o gente mayor. Porque esa mezcla de sensibilidad, detalle y sentido práctico se nota en cada proyecto que toca

Hoy nos sentamos con ella para hablar de planos, edificios inteligentes, miedos irracionales, motos, barrancos… y de todo lo que ha aprendido en estos años liderando el departamento de Proyectos en Alfred Smart. 

¡Hola Belén! Eres la primera trabajadora de Alfred y llevas ya 8 años en la empresa. ¿Recuerdas cómo fue ese inicio? ¿Te imaginabas entonces que acabarías liderando el departamento de Proyectos?

No, para nada me lo imaginaba. Recuerdo perfectamente el inicio: mi entrevista fue en un bar con Manu y Dani —fundadores de Alfred Smart—, donde me contaron la idea que tenían para la empresa. Yo pensé: “ostras, qué guay, qué atrevido”. Era de esas ideas que te remueven, aunque todavía no sepas hasta dónde pueden llegar. 

Luego Manu volvió a contactarme: “piénsatelo, piénsatelo”. Me decía que con hacer una casa o dos al mes ya estaría bien. Y hoy hemos pasado de eso a proyectar entre 200 y 300 viviendas al mes y, en algunos picos, incluso cerca de mil. El crecimiento ha sido brutal. 

Empecé a trabajar en Alfred en 2017, en concreto el 1 de mayo, que es el Día del Trabajador. Ahí el universo ya me estaba diciendo algo y yo todavía no lo estaba viendo (risas). Si entonces me hubieran dicho que acabaría liderando el departamento de Proyectos, creo que no me lo habría creído. 

En esos primeros años, ¿qué dirías que te marcó más a nivel de aprendizaje? 

Me acuerdo de que al principio yo le decía a Manu: “esto no lo he hecho nunca”. Y su respuesta típica era: “esto es fácil, esto es un momento”. Esa forma de ser me retaba muchísimo y sacaba lo mejor de mí. Me hacía enfrentarme a cosas que me daban respeto, y al final, una y otra vez, lo acababa entendiendo y lo acababa haciendo. 

Con Manu siempre aprendes mucho. Te empuja a ir un paso más allá de donde tú misma te pondrías el límite. Gracias a eso pasé de “no sé si podré” a “vamos a ver cómo lo hacemos”. Y esa mentalidad me ha acompañado todos estos años. 

Para quienes no están tan familiarizados con tu rol, ¿cómo explicarías qué hace exactamente una Head de Proyectos y su equipo en Alfred Smart?

En el equipo de Proyectos somos el puente entre la idea del edificio y cómo se va a vivir de verdad. Partimos del proyecto de una ingeniería, una promotora, un estudio de arquitectura o interiorismo, y entendemos cómo quieren que funcione el espacio en el día a día y lo traducimos a una solución tecnológica y domótica adecuada

No solo “ponemos dispositivos”: revisamos si hay maneras más cómodas y eficientes de hacerlo. Por ejemplo, en una habitación tradicional quizá se proyectan cinco pulsadores de luz repartidos por la estancia. Nosotros podemos proponer algo más sencillo y eficiente: un pulsador en la entrada, uno o dos más junto a la cama, un sensor de presencia y una programación que tenga en cuenta la luz natural para ahorrar energía. Juntamos usabilidad, confort y ahorro energético en una misma propuesta

«La tecnología de un edificio inteligente tiene que ser inclusiva: si no es fácil para todos, no es realmente inteligente.»

Para mí, un edificio inteligente lo es de verdad cuando funciona para todo el mundo. La tecnología tiene que ser intuitiva: que mi madre pueda entrar en un piso domotizado y encender la luz sin leerse un manual. Por eso siempre digo que hay cosas que hoy no podemos eliminar, como el pulsador de la entrada de una habitación. Quizá dentro de unos años sí, pero ahora la tecnología tiene que ser inclusiva y acompañar a todas las generaciones

Cuando te enfrentas a un nuevo proyecto desde cero, ¿por dónde empiezas? ¿Qué es lo primero que analizas o visualizas? 

Si hay planos, mucho mejor. Lo primero que hago es imaginarme dentro. Busco la entrada principal y empiezo a chafardear: por dónde entro, por dónde giro, qué me gustaría encontrar, qué pasaría si la persona se encuentra esto o lo otro… Intento vivir el espacio desde dentro y ponerme en la piel de quien lo usará, pensando tanto en lo que le gustaría como en lo que podría molestarle. 

Y si no hay planos, hago lo mismo, pero usando aún más la imaginación. Al final, en Proyectos tenemos que ser muy creativos. Después viene la parte de decidir qué dispositivos tiene sentido poner… y también de cuáles podemos prescindir. A veces, menos es más: no por tener más elementos tecnológicos el espacio funciona mejor. Por ejemplo, puede ser más útil un solo dispositivo que mida la luz exterior y ajuste la iluminación interior para ahorrar energía, que llenar una vivienda de pulsadores innecesarios.

«Nuestro sentido común tiene que ser nuestra mejor app: la tecnología está para ayudarnos, no para decidir por nosotros.» 

Lo que sí tengo muy presente es que, por muy inteligente que sea un edificio, no podemos perder el sentido común. La tecnología nos tiene que ayudar, pero no puede tomar todas las decisiones por nosotros. Hemos vivido situaciones reales en las que alguien confiaba tanto en la tecnología que se olvidaba de lo básico. Y ahí es donde ves que el equilibrio es clave: la tecnología suma, pero la responsabilidad sobre nuestra vida sigue estando en nuestras manos

Para mí, la tecnología ideal es la que te hace la vida más fácil sin sustituirte. Esa es la mirada que intento llevar a cada proyecto. 

¿Qué elementos consideras clave para que un espacio inteligente esté bien resuelto a nivel técnico, pero también funcional y humano?  

Para mí, un espacio inteligente bien resuelto combina tres cosas: confort, ahorro energético y seguridad. A partir de ahí, hay varios básicos que casi siempre trabajamos

El primero es la iluminación. Poder encender y apagar luces, e incluso poder crear escenas. Tú no necesitas encender los cinco focos del salón si estás viendo una película; igual solo quieres una luz suave y ya está. Para eso, puedes crear escenas tipo “noche de cine” y también ajustes que tengan en cuenta la luz natural para ahorrar energía. 

El segundo bloque es el clima y la calefacción. La idea es que puedas programarlo para llegar a casa y que ya esté a una temperatura cómoda, sin tener que dejar nada encendido todo el día. Es confort, pero con cabeza: usamos la tecnología para gastar menos y mejor. 

Luego están los accesos digitales, que combinan comodidad y seguridad: poder compartir llaves digitales con personas de confianza, recibir un aviso si se abre una puerta cuando no estás, etc. 

A esto se suman las alarmas técnicas, que son clave y a veces pasan más desapercibidas: detección de fugas de agua, de humo, de incendios… Toda esa parte preventiva es una ayuda enorme. 

Y, como capa extra de confort, está el audio por zonas, poder tener música en diferentes espacios y controlarla desde el smartphone. No es imprescindible, pero sí marca la diferencia en cómo se vive el espacio. 

Sabemos que cada plano cuenta una historia. ¿Hay algún proyecto que recuerdes con especial cariño o que te haya hecho salir de tu zona de confort?  

En realidad, en Proyectos raramente estamos en zona de confort. Y es que la tecnología cambia, los dispositivos se descatalogan, aparecen otros nuevos… y cada edificio es distinto. Siempre digo que, igual que no hay dos personas iguales, tampoco hay dos espacios iguales. Aunque hagas 20 viviendas “idénticas”, nunca lo son. La verdadera comodidad estaría en estandarizarlo todo, pero yo no creo en eso: creo en adaptar la tecnología para que encaje con la forma de vivir de cada persona

Recuerdo especialmente un proyecto que nos hizo espabilar mucho. Era una obra ya empezada, con decisiones tomadas y cableados hechos, y muchas de las soluciones que nos gustaría aplicar no encajaban tal cual. Tuvimos que replantear cosas, aprovechar lo que ya había y buscar alternativas. Yo siempre digo que la tecnología siempre tiene una solución, más sencilla o más compleja. En Alfred nunca decimos “esto es imposible”, decimos “tráelo, que lo miramos”. Y ahí Manu y Gaby —Head del equipo de Soporte—, con toda su creatividad y conocimiento técnico, fueron clave para encontrar la manera. 

Y luego están los proyectos que recuerdas por cariño puro. Para mí, uno muy especial fue una casa unifamiliar en Begur. Trabajábamos directamente con los propietarios, y me dejaron “vivir” su casa desde el plano: comentarles “yo aquí haría esto”, proponer escenas de luz, audio, clima… y ver cómo se les iluminaba la cara. Lo viví con una ilusión especial, como si la casa fuera mía por un momento. Esos son los proyectos que te recuerdan por qué te gusta tanto este trabajo. 

Gestionas muchos proyectos a la vez. ¿Qué has aprendido sobre ti misma a través de esa capacidad de organización y detalle? 

Sinceramente, he aprendido a fluir más. Suena contradictorio, porque antes era demasiado estricta con el orden y el control. En una obra sientes que nada puede salir mal, porque si algo falla, arrastras muchos otros problemas detrás. 

«El exceso de control no garantiza un mejor proyecto. Confiar en el equipo, sí.»

En Alfred he aprendido a confiar mucho más en el equipo y a no querer controlarlo todo, porque es imposible: son muchos proyectos, muchas obras, muchos detalles en paralelo. Y, al final, te das cuenta de que el exceso de control no garantiza un mejor resultado. Lo que sí marca la diferencia es confiar y dejar espacio a los demás

Y aquí tenemos unos compañeros maravillosos; compañeros en mayúsculas. No son solo compañeros de trabajo, son compañeros en todo. Podemos hablar de cualquier cosa y, donde no llega uno, llega otro: ya sea por tiempo, por contexto o por conocimiento. Somos un equipo multidisciplinar increíble y eso te da mucha paz. 

Trabajar aquí me ha enseñado que, si fluyes y confías, las cosas salen bien

Tienes hobbies intensos y bastante únicos. Nos encanta. ¿Puedes contarnos más sobre ellos?  ¿Has aprendido algo haciendo esos hobbies que apliques en el trabajo?

Mis hobbies… (risas). Ahora tengo menos tiempo, pero he tenido hobbies bastante atrevidos. Uno de ellos fue el barranquismo. Toda la vida he tenido un vértigo brutal, pero me alucinaban los deportes de aventura. Cuando conocí a mi pareja, que escalaba y hacía barrancos, me animó a probar. En los primeros rápeles llegué incluso a llorar del miedo, pero cada vez que superaba un descenso tenía un subidón de adrenalina y de confianza que me recordaba que, muchas veces, el miedo es irracional

Con el budō, un arte marcial japonés, me pasó algo parecido: no es solo autodefensa, es una forma de vida, de disciplina y de respeto

Yo soy muy miedosa y no doy un paso sin pensarlo, pero estos hobbies me han ayudado a lanzarme más y a adaptarme. Desde pequeña me encantaban las motos y siempre pensaba “algún día tendré una”. Hasta que un día dije: “se acabó, el tiempo pasa, hay que coger las cosas al vuelo”. Este año fui a por mi moto y la taché de mi lista de pendientes

Siempre digo que, si algún día tuviera que resumirme en una frase, sería: “que me quiten lo bailao”. El miedo irracional nos bloquea; por eso creo que tenemos que seguir moviéndonos, viviendo y tachando cosas de esa lista infinita de pendientes. 

Has trabajado con muchos equipos distintos. ¿Qué valoras más cuando formas parte de un equipo de trabajo? 

El buen rollo. Al final pasamos muchísimas horas con el equipo de trabajo, a veces más que con nuestra propia familia. Y ese buen rollo o existe o no existe. 

Para mí, se traduce en compañerismo de verdad: que alguien te vea raro y te pregunte qué te pasa, que te pregunte si puede ayudarte, y no solo a nivel laboral. Por mucho que trabajemos con tecnología, no somos robots. Tenemos días buenos, malos y regulares. 

Si tienes un mal día, es importante sentirte comprendida en el entorno donde pasas tantas horas. Y si tienes un buen día, también está bien poder compartirlo. Eso es lo que más valoro en un equipo: saber que estás rodeada de personas, no solo de “compañeros de oficina”

Y por último, ¿qué te motiva a seguir dándolo todo en un trabajo tan técnico, cambiante y exigente como el tuyo? 

En realidad, es que no sé ser de otra forma. Siempre tengo la misma discusión con mi familia, con mi pareja o con mis amigos: ellos me dicen que la perfección no existe y yo siempre respondo que entonces solo tengo que seguir buscándola. Creo que hay muchas “perfecciones”: lo que es perfecto para una persona no lo es para otra. Y eso es muy exigente, porque no persigues una sola perfección, sino muchas. 

Tienen razón cuando dicen que la perfección, como tal, no existe, pero mi forma de ser no me permite hacer las cosas de otra manera que no sea intentando que queden perfectas.  

Este trabajo me ha ayudado mucho a gestionar eso: a entender que no hay una sola perfección, que cada proyecto y cada persona tienen la suya. Y, a la vez, me ha enseñado a conocerme mejor: mis límites, mi paciencia, mi capacidad de aguante, lo que quiero y lo que no quiero. 

Al final, lo que me motiva es saber que cada proyecto me reta, me hace aprender y me da la oportunidad de mejorar tanto a nivel profesional como personal. Mientras sienta eso, seguiré dándolo todo. 


Escuchar a Belén es entender, de golpe, qué significa hacer las cosas bien desde dentro. Ella fue la primera en llegar a Alfred y, ocho años después, sigue bajando a tierra algo tan complejo como la tecnología inteligente para que cualquier persona pueda vivirla sin un manual de instrucciones. 

Entre barrancos, budō y obras que empiezan a medias, Belén ha aprendido a combinar tres cosas que en Alfred Smart nos definen muy bien: sentido común, tecnología que suma y un compañerismo real, del que te sostiene cuando el día se pone gris. Gracias Belén por todos estos años.